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Hace un año del concierto de Aretha Franklin en Toronto

Argitaratuta Iñaki Añua | 19 de Noviembre de 2010

Comienzo hoy este blog con el propósito de contaros reflexiones, opiniones, recomendaciones y anécdotas sobre el jazz que, como sabéis, protagoniza mi vida. Y lo hago con lo que ha sido la obsesión de mi vida, poder tener en el festival a Aretha Franklin, a la que la revista Rolling Stones, en su número de enero del 2009, y después de examinar las cien mejores voces de todos los tiempos, le otorgaba el número uno, es decir que la colocaba delante de todos los grandes que os podéis imaginar.

En 1982, el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz  contrató a Aretha Franklin, pero justo entonces sufrió su primer ataque de pánico a volar y recibimos su cancelación. La hicimos pública en abril, en un concierto de jazz de invierno en el antiguo Teatro Guridi. Antes de hacer la presentación del Ray Brown Milt Jackson Quartet, comuniqué la cancelación y que Aretha sería sustituida por Ella Fitzgerald. Al primer ‘ohhh’ de desilusión siguió otro ‘ohhhh’ , pero esta vez, de admiración. Desde entonces, he intentado que viniera al festival por todos los medios.

Cada cuatro o cinco años, surgía el rumor de que Aretha iba a venir a Europa. Por si acaso, yo siempre me ponía en contacto con Ruth Bowen, su amiga desde niña y también su manager. Ella y yo llegamos a hacernos amigos.

“Iñaki no te preocupes”, me decía. “Si alguna vez Aretha considera la posibilidad de ir a Europa, el primero en enterarse serás tú”.

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Nunca hemos cejado en nuestro empeño. Incluso dentro de la International Jazz Festival Organization (IJFO), que agrupa a los festivales de jazz de mayor calidad del mundo y de la que es miembro el festival de Vitoria, se han hecho planteamientos como pagarle una suite en el Queen Elizabeth para que hiciera el viaje transoceánico y ella respondió si habíamos oído hablar de una cosa llamada Titanic. Llegué a hablar con su psiquiatra, que estaba dispuesto a viajar con ella en el Concorde, para que después hiciera la gira por Europa en coche. Se comprometía a volver para recogerla en el Concorde. En esa ocasión, Ruth Bowen tuvo esperanzas de poder conseguirlo. Pero cuando le pregunté si le había dado ya el contrato, me dijo que al día siguiente tenía la mezcla de un disco y que iba a aprovechar el momento. Le llevó los contratos de la gira y, cuando Aretha los tuvo delante, no fue capaz de firmarlos.

Mis amigos que dirigen festivales en Estados Unidos y Canadá que han tenido a Aretha Franklin en sus programas, me decían que un concierto suyo era una experiencia inolvidable. Me dediqué entonces a consultar su página web para ver cuándo tenía un concierto en la Costa Este de Estados Unidos.

Llegué a tener entradas para un concierto a media de hora de coche de Chicago, en un casino de una reserva india. Antes de que sacara el billete de Nueva York a Chicago, me enteré de que había cancelado.

Sin embargo, el año pasado, me llegó la noticia de que Aretha iba a actuar en el Roy Thomson Hall de Toronto. El promotor era Jessie Kumagai, que también lo es del famoso Massey Hall, donde tuvo lugar el mítico concierto de Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Bud Powell, Charlie Mingus y Max Roach. Mis amigos del festival de jazz de Montreal se ofrecieron para conseguirme entradas. Estaba en Nueva York, compré un pasaje en un vuelo low cost, salí a las cuatro de la tarde y a las siete ya estaba en la taquilla recogiendo mis entradas. Me encontraba tan emocionado que media hora antes del concierto allí estaba yo en el Roy Thomson Hall, famoso por su acústica, lo que me sirvió para ver cómo estaba diseñado.

 

Puntualísima salió la big band que le acompaña y, al cabo de un par de minutos, y sin que parara de tocar la banda, apareció ella… con un vestido de color melocotón, ceñido de una forma inverosimil, y cubierta por una especie de capa en forma de campana, con las mangas rematadas con visón. Me pareció más delgada que en su actuación durante la toma de posesión de Obama y, eso sí, con una voz maravillosa e increíble. La gente en pie y  una larga, larga ovación. Empieza a cantar y te estremece ya en la primera nota. Fue interpretando algunos de sus grandes éxitos.  ¡¡¡ Ha tenido tantos!!! Hice disimuladamente algunas fotos con la escasísima luz que había y desde mi butaca. Hasta que me llamaron la atención. No hubo descanso en todo el concierto. Tan sólo desapareció tres minutos y volvió. Todos creíamos que había cantado el “Chain of Fools” de despedida. La banda se quedó aún dos minutos más y se fue también. Y fue entonces cuando volvió a salir Aretha. Cuando ya llevaba dos propinas, deja el micrófono y todos pensamos que esta vez sí que se ha acabado, pero... Se sienta al piano y nos dedica más de media hora de gospel. Y ya allí todos nos pusimos a llorar. Pero no yo, el señor de al lado, la señora de delante, todos estremecidos, porque una cosa es escucharle cantar soul y otra, gospel... ¿habéis escuchado alguna vez cantar gospel a la hija del reverendo C.L. Franklin?

Buscamos un sitio para cenar después. Recuerdo que tardaron todo el tiempo del mundo en servirnos, pero el grado de satisfacción era tal que todo nos daba igual. Le mandé un sms larguísimo a mi mujer, en el que todo me salía como a borbotones, emocionado. Se  confirmaba lo que me había comentado André Menard, vicepresidente del Festival de Jazz de Montreal (el festival más grande del mundo), de que escuchar a Aretha era una experiencia única. Efectivamente, lo es. Le escribí después a Jessie Kumagai, el organizador del concierto, para darle las gracias de nuevo y felicitarle y decirle que me hubiera encantado saludarle, pero que entendía que no era el momento más adecuado. Su contestación fue que tal vez llegáramos a conocernos en España y me aseguraba que, de todos los conciertos de Aretha Franklin que él había organizado, yo había asistido al mejor.

Desde luego, recomendaría a sus seguidores que hagan el esfuerzo de coger un avión y no perderse a esta gran cantante en un concierto en directo.

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Iñaki Añua