¿Qué hace un humorista salundándoles a “las puertas” del festival de jazz de Vitoria?. Eso mismo me pregunto yo, pero como hace tiempo que me conozco y sé que siempre ando metiéndome en líos, la verdad es que no me sorprende. Leer Más
12de Julio, domingo | 18:00: Picnic de Nueva Orleans | Pol. de Mendizorrotza | Entrada libre
Muchos años en los escenarios, un sinfín de kilómetros recorridos, siempre con la música de Nueva Orleáns por bandera, y multitud de colaboraciones como artistas invitados. Éstas son las señas en común de los dos nombres que abren el Festival de Jazz de Vitoria este año. Lillian Boutté, la dama que ha dado la vuelta al mundo durante media vida enseñando a comprender y saborear el sentimiento del gospel y el jazz, y la Dirty Dozen Brass Band, un grupo formado hace 32 años y que desde entonces se le ha reconocido como uno de los responsables del resurgimiento de la música tradicional en su ciudad.
Lillian Boutté (Nueva Orleáns, 1949) estaba predestinada. Nació en una familia numerosa criolla –uno de sus hermanos, John, también es cantante- y con una historia detrás de siete generaciones arraigadas a Louisiana. Así se comprende cómo a los 7 años ya cantaba en un coro de gospel y con sólo 11 ganó su primer concurso de canto. Para los amantes de las etiquetas se puede decir que la han comparado con Bessie Smith, Aretha Franklin y Mahalia Jackson. Para quienes no les gusten tanto esos clichés, pueden esperar de Boutté una voz cálida y firme a la vez, versátil, perfectamente asociable a la generación de grandes voces femeninas del jazz.
Hay varios nombres propios que han guiado su trayectoria musical. Primero, Allen Toussaint, que la descubrió y logró que acompañara a James Booker, Patti Labelle, los Neville Brothers, las Pointer Sisters y Dr. John. Con este último produjo dos trabajos, ‘The Jazz Book’ en 1993 y ‘But... beautiful’, en 1995, ambos de exquisita factura.
Otro gran amigo suyo, Vernell Bagneris, moldeó sus habilidades de interpretación y le dio la oportunidad de participar en el musical ‘No mo’ time’, con el que dio un salto en su carrera y se mantuvo durante cuatro años en la cartelera. Ahí afloró el espíritu viajero de Lillian Boutté, una de las cualidades que más la identifican y que influyó para que en 1986 recibiera el título de Embajadora Musical de Nueva Orleáns, un honor que sólo ha recibido otro artista de la ciudad, Louis Armstrong. Precisamente a él le rindió homenaje en 2000, en su álbum ‘You’ve gotta love pops’, donde interpreta algunos de los clásicos de Satchmo.
Lillian Boutté vive en Hamburgo desde los años 80, cuando se embarcó en una gira por Europa que ha marcado su vida. Conoció a su marido, el alemán Thomas L’Etienne, un enamorado de la música de Nueva Orleáns y con quien formó su banda ‘Music Friends’.
Su producción discográfica supera los 20 álbumes. Algunos de ellos tan sólidos como ‘Lipstrick Traces’ (1991) o ‘Come together’ (1997), ambos en compañía de Christian Willisohn. Y se le puede oír en grabaciones con infinidad de grandes músicos como Joseph ‘Smokey’ Johnson, Harry ‘Sweets’ Edison, Milt Hinton, Gus Johnson, Sammy Price, Benny Waters, Danny Barker, Professor Longhair o Clark Terry. También ha tenido pequeños escarceos audiovisuales. Participó en el documental ‘Piano players barely play together’ (Los pianistas rara vez tocan juntos) y en un cameo de ‘El corazón del ángel’, la película de Alan Parker donde además colaboró en la banda sonora con el bluesman Brownie McGee.
Otras facetas suyas son la educativa y la solidaria. En 1992 encabezó a 45 músicos de Nueva Orleáns que llevaron los sonidos cajun, soul, r&b, gospel y la música tradicional de las brass band a 22 ciudades de Alemania bajo el título ‘Spirit of Louisiana’. El éxito de la iniciativa le llevó a acometer otro proyecto en Dinamarca bajo el título de ‘Gospel United’, con el que organizó un encuentro con 1.000 estudiantes del país, a los que reunió sobre el escenario. Este proyecto ha tenido continuidad con otros talleres para niños y adultos. En cualquier caso, ella nunca ha dejado de lado a Nueva Orleáns. Tras el huracán Katrina, puso en marcha una fundación que ha patrocinado una escuela primaria y una serie de conciertos para ayudar a los músicos que lo han perdido todo y que aún ahora continúan en serias dificultades económicas. Por eso, y por toda su carrera, Lillian Boutté es una de las artistas más respetadas de la ciudad.
Eduardo Ortiz de Arri
Los miembros de la Dirty Dozen Brass Band no se quedan atrás. En Nueva Orleáns les están enormemente agradecidos por revitalizar ese estilo de música callejero, alegre y único de la ciudad. Este año cumplen el 25º aniversario de su primer disco, ‘My feet can’t fail me now’ (‘Mis pies no me pueden fallar ahora’). Toda una declaración de intenciones.
La DDBB ha evolucionado y se ha convertido en una formación camaleónica, adaptable a cualquier situación. Desde un principio, tuvo claro que, además de los clásicos, quería sumar claras influencias funk, una tendencia que con el tiempo se ha contagiado a muchas bandas que han nacido siguiendo su estela. La Dirty Dozen ha marcado la senda a la mayoría de las brass bands de su ciudad, y se ha consolidado como un compañero de viaje muy socorrido por un amplio elenco de artistas. Ha actuado o grabado junto con gente tan dispar como los rockeros Gov’Mule y The Black Crowes, estrellas del pop como David Bowie, Elvis Costello, Joss Stone o Dave Matthews Band, leyendas como Buddy Guy, Dizzy Gillespie, así como Manhattan Transfer, Branford Marsalis, Norah Jones, Widespread Panic, Modest Mouse, Dr. John…
Es difícil encontrar un disco de homenaje a Nueva Orleáns sin la presencia de la DDBB.
Sólo a modo de ejemplo, cuando Dr. John grabó en 2004 su álbum ‘N’Awlinz Dis Dat or D’udda’, recurrió a un buen número de estrellas y, por supuesto, también a la Dirty Dozen, que aparece en el tema ‘Times marches on’ junto con B.B. King y Willie Nelson. En fin, la lista de colaboraciones sería interminable, hasta llegar a la última gala de entrega de los Grammy, donde actuaron con Allen Toussaint y Terence Blanchard.
Entre la veintena de trabajos discográficos propios, se incluye su sentido homenaje a Marvin Gaye en ‘What’s going on?’, donde llaman la atención sobre las consecuencias del Katrina, que les afectó de lleno, y sobre “la errónea dirección que toma el planeta”. Otro nombre importante en su carrera es el de John Medeski, quien les produjo en 1999 y dio un nuevo impulso a su trayectoria.
Por eso, era inevitable que en un festival como el de Vitoria, con un espectáculo dedicado a Nueva Orleáns, antes o después apareciera en el cartel la ‘Docena Sucia’. Un ejemplo perfecto de lo que han sido, y son, las brass bands de las últimas tres décadas.
Eduardo Ortiz de Arri
13de Julio, lunes | 20:30: Noche de Gospel | Polideportivo de Mendizorrotza | 20 €
John Scofield, cuyo álbum “Piety Street” es uno de los más originales de entre los publicados en el mercado del jazz este año, ha creado una estética personal basada esencialmente en la mixtura de culturas musicales en su mayor parte de raíz negra. Mucho de carbonizante espiritualidad gospeliana hay en este “Piety Street”, título que alude al nombre del estudio de grabación más emblemático de Nueva Orleans, situado en la ruta del famoso Tranvía Desire que daba fundamento a la obra de Tennessee Williams. A este centro de gravedad ha llegado Scofield, tras un vasto peregrinar en los últimos años por algunas de las estéticas más vistosas del jazz.
Originario de Dayton, Ohio, donde nació hace 57 años, John se dio a conocer siendo todavía estudiante de la Berklee, en 1974, en el mítico recinto del neoyorquino Carneggie Hall, en el seno de una banda liderada por Gerry Mulligan y Chet Baker. La suerte -haberle caído en gracia a Mick Goodrick, que le recomendó para el evento- permitió que se pusiese en fama sustituyendo a John Abercrombie en la banda de Billy Cobham y George Duke. Después de aquello, su errante estilo guitarrístico acompañó a Gary Burton, a Charles Mingus, a Jay McShann y hasta a Lee Konitz y Ron Carter, entre otros cabezas de serie del jazz. De especial interés fue su afiliación en 1982 a la banda del trompetista Miles Davis, con quien permaneció por espacio de tres años.
La carrera en solitario de John Scofield comienza en la segunda mitad de los 70 con los discos “East meets West” y “John Scofield live”, si bien ninguno de ellos tiene especial relevancia. Hay que esperar a la llegada de los 90, con el guitarrista convertido ya en un improvisador rotundo y vigoroso, para que su nombre adquiera la prestancia que hoy tiene. Un músico que siempre descubre los rincones menos evidentes de sus invenciones, aunque para ello tenga que desplegar toda su pirotecnia virtuosística. En símil pugilístico, John Scofield es como Mohamed Ali; un peso pesado de su instrumento, con movimientos de ligero.
Desde el comienzo del milenio, sus inclinaciones han tenido orientaciones ciertamente antagónicas. De la evidencia acústica del álbum “Quiet”, de 1996, a la saltarina rítmica funky de sus registros “A go go”, de 1997, y “Bump”, de 2000; del clasicismo de “Works for me”, de 2001, al proteico ritual de rhythm & blues de “That’s what I say”, de 2005, y “This meets that”, de 2007, sin olvidar sus contribuciones a los modelos ambientales del acid jazz en “Uberjam”, de 2002, y en “Up all night”, de 2003.
Ahora llega “Piety Street”, cuyo embrión ya fue revelado hace un par de años cuando Scofield grabó con el terceto Medeski, Martin & Wood una espléndida versión del tradicional “Amazing grace”. No cabe poner en entredicho, sin embargo, que la delicadeza e intención de “Piety Street” son -comparadas con aquella grabación- definitivas, acomodándose al trabajo de músicos bien curtidos en la faena. Todos han sido -o son- parte de bandas como las de Taj Mahal, el malogrado Johnny Adams o Bonnie Raitt. Lejos de lo baladí, el detalle cobra verdadero interés cuando se piensa que Scofield fue a Nueva Orleans a grabar un disco de blues. Se avino así mejor con el lenguaje de la tierra, haciéndose con más facilidad miembro de la familia sureña y permitiendo al conjunto un discurso más libre y fecundo, sin lindes y con un solo idioma vernáculo: la búsqueda. Todo ello estará en la escena.
Luís Martín
ABC y Onda Madrid
Será el próximo 13 de Julio cuando Mendizorroza acoja al mejor grupo de góspel del mundo. The Blind Boys Of Alabama, que acaban de ser reconocidos con un premio Grammy por toda su carrera musical, iniciada hace 70 años en el Instituto de Alabama para Negros Ciegos.
Esta legendaria agrupación vocal ha ido ampliando sus horizontes con mezclas de gospel con otros géneros, con el blues de invitado especial, sin dejar nunca de lado la implicación religiosa que siempre ha caracterizado su estilo. Entre las curiosidades de las siete décadas de existencia de The Blind Boys Of Alabama encontramos la versión que realizaron del tema "Way Down In The Hole" de Tom Waits, que anticipó la primera temporada de la serie The Wire del canal de televisión HBO, su colaboración hace siete años en el tema “Sky Blue”, del álbum Up de Peter Gabriel, o su último trabajo como grupo, Down In New Orleans, que fundió sus voces con las tradicionales brass bands de la ciudad y con Allen Toussaint, con quien coinciden en el programa de esta edición del Festival de Vitoria-Gasteiz. Por este disco recibieron también el Grammy al mejor álbum de góspel tradicional en la última gala de su entrega de premios.
Con Jimmy Carter al frente desde sus inicios, The Blind Boys Of Alabama han sido comparados por su transcendencia en la escena del gospel con James Brown en la del soul y el funk. No es mala idea. Desde luego, todos aquellos que encierran al góspel en una estructura artificiosa e inamovible, deberían cambiar sus planteamientos de base. Sus armonías vocales y sus altos registros, además de la experimentación auspiciada por el espíritu aventurero del grupo, han permitido que se refresque el ambiente con el paso del tiempo. Con ellos hemos gozado del más puro Dixieland y no perdimos la escucha del jazz más exigente. Pero el especial sentimiento que rebosa cada esquina de Crescent City surge de un toque hogareño en cada interpretación, sincopada, llena de empuje, con la facilidad de hacer suya cada una de las espectaculares puestas en escena de uno de los géneros básicos, vitales e imprescindibles.
The Blind Boys Of Alabama son una apuesta segura para restablecer la justa medida del góspel, para que siga formando parte esencial de la cultura americana. En Mendizorrotza van a estar sus máximos representantes. Bienvenidos, maestros.
Manolo Fernandez
Radio Nacional de España
14de Julio, martes | 21:00: Kind of Blue | Polideportivo de Mendizorrotza | 25 €
Wilbur James Cobb (Washington D.C., 1929) participó en la grabación del disco de jazz más vendido de la historia y está aquí para contarlo: cuando grabamos “Kind of blue” sabíamos que iba a ser un buen disco pero ni se nos pasó por la imaginación que llegaría a ser lo que fue.
La historia arranca en un mes sin precisar, a comienzos del año 1955. Aquel año Cobb se instalaba en Nueva York, en el mismo edificio de apartamentos en el que tenían su residencia Dizzy Gillespie y Erroll Garner, entre otros. La cantante Dinah Washington, con quien el baterista mantenía una tórrida relación sentimental, vivía en el piso octavo.
Nuestro héroe andaba por la Gran Manzana de la mano de un joven saxofonista llamado Julian “Cannonball” Adderley cuando recibió la llamada de Miles Davis. Miles llamó a mi casa invitándome a unirme a la banda: “por supuesto, ¿cuándo empiezo?”. Me contestó: “esta misma noche”. Dos años más tarde, Jimmy Cobb entraba en el estudio de la discográfica Columbia para grabar la primera de las 2 sesiones de “Kind of Blue”. Para mí, se trataba de una sesión como cualquier otra, nada especial. Recuerdo que fui el primero en llegar al estudio, coloqué la batería y esperé a que los demás llegaran. Entonces apareció Bill Evans. “¿qué hace este tipo aquí?. Porque Miles no nos había dicho nada. Era Evans y era un ideario musical inédito que Miles se aprestaba a experimentar utilizando a los miembros de su conjunto como conejillos de indias. Al principio estábamos desconcertados. Nos enfrentábamos a un concepto musical nuevo y era algo que nacía de la forma en que él y Bill tocaban. Como todos, Cobb puso en marcha su mecanismo sin saber qué se esperaba de él, tuve que ingeniármelas para encajar en la nueva música de Miles, y no podía pedirle ayuda a él, porque no me la iba a dar. Unos toques, “aquí dale un punto latino”, “aquí cambia a ¾”… y eso era todo.
Pongamos que uno forma parte del reparto de la sesión de grabación más famosa de la historia del jazz y debe aceptar que no existe un papel donde se le diga lo que debe de hacer y lo que no. Tras algunos titubeos, Cobb terminó por entender el mensaje que Miles le estaba enviando: “sé tú mismo”. Sacó pecho, respiró dos veces y se dejó guiar por su infalible instinto musical. A partir de ese momento todo fue sobre ruedas para el baterista.
Cuando vio la luz “Kind of Blue”, Miles, Evans, Coltrane, Adderley, Kelly & Cobb estaban ya en otra cosa, otra música, otros discos. Podría decirse que, una vez en la calle, el disco cobró vida propia. Todo el mundo estaba escuchando lo mismo y sintiendo lo mismo. La primera generación que disfrutó con “Kind of blue” le pasó la pelota a la siguiente y esta a la que vino después y así hasta ahora. La clave: el púbico estaba deseando escucharlo y resulta que “Kind of blue” es un disco sencillo de escuchar. No hay demasiados cambios de acordes ni nada que no pueda ser entendido a la primera escucha. Lo único que uno tenía que hacer era poner el disco y dejarse llevar, perderse en el sonido, y ocurría que ese sonido era incuestionablemente hermoso.
Jimmy Cobb y “Kind of Blue” se harán carne musical en Vitoria gracias a quienes están llamados a ocupar el puesto dejado vacante por quienes nos dejaron, y es difícil imaginarse a nadie más indicado que Wallace Roney para el papel de Miles Davis; o sus compinches, Javon Jackson (como John Coltrane) y Vincent Herring (como “Cannonball”). quede claro que se habla de tres jazzistas jóvenes y suficientemente preparados. La flor y nata.
A falta de Bill Evans/Wynton Kelly y Paul Chambers tendremos a dos matadores de tronío y experiencia contrastada: Larry Willis –un visitante habitual de estos predios para nuestra fortuna- y Buster Williams, quien tocó con Miles diez años después de “K.o.B.”. Y, por encima de todos ellos, el “one and only” Jimmy Cobb. Seguramente, el último representante de la Gran Era del Jazz. Disfrutemos con su música y su sabiduría.
Chema García Martínez
En contra de lo que el refranero popular sostiene, la veteranía no es un grado. La experiencia sí. Este cuarteto de capitanes alienado en el corazón del festival vitoriano es una buena prueba de ello, porque, sin ir más lejos, ¿qué necesidad tiene el nonagenario Lee Konitz de seguir enredando? Sin duda, la de seguir alimentando la experiencia y la de seguir buscando emociones y lenguajes sorprendentes. Hace apenas un par de años vimos a esta leyenda saxofonística en el certamen hermano de Getxo, pilotando un noneto que se sentía y se quería diferente. ¡Un noneto! Nada de tríos ni cuartetos, qué va: marcha, marcha y más marcha… Está claro, Konitz no se presta a ninguna aventura para pasear el lustre luminoso de su buen nombre y apellido, sino que, al igual que los buenos maestros de mus, él juega para envidar a la grande, pares y juego (la “chica”, ya se sabe, es cosa de perdedores).
Esta vez visita la gran fiesta alavesa del jazz con las mismas intenciones, aunque estimulado, aún más si cabe, por la compañía; a su lado, un pianista históricamente amigo del festival, Brad Mehldau; un contrabajista rojo con todos los colores del jazz, Charlie Haden; y un baterista que en los últimos tiempos se ha reconocido como pianista, Jorge Rossy. Ahí es nada. La raíz de este proyecto reside en ese monumento jazzístico y discográfico titulado Alone Together, grabado en 1997.El álbum supuso la primera entrega de Lee Konitz para el sello Blue Note y a su llamada acudieron el pianista y el contrabajista. El trío echó mano de seis clásicos, desde la genérica pieza de Howard Dietz y Arthur Schwartz al “monkiano” Round Midnight, dando rienda suelta a algunas esencias modélicas del jazz cool o el postbop. Ahora, doce años después, el trío se echa una vez más a la carretera, invitando al que fuera baterista primero de Mehldau (el reencuentro entre los dos será un aliciente añadido). Hay, pues, en esta reunión, mucho talento con horizonte propio, en el que se intuyen perfiles vividos, pero, sobre todo, se presienten emociones altamente vivificadoras.
Todo ello hace que en este cuarteto cargado de historia y gloria la creatividad se reparta a partes iguales. No hay enfrentamiento, sino más bien confrontación, un contraste desnudo y natural entre todas las ideologías intelectuales y expresivas que aquí, en este cuadrilátero de ensueño, se dan citan. Brad Mehldau, que empezó siendo una comparación de Keith Jarrett, ha situado su pianismo en la cimera del jazz, asumiendo un papel propio y principal dentro de la historia contemporánea del género. A este muchacho muchos le descubrimos precisamente en este festival, tras cuyo paso parece que obtuvo todos los avales para proclamarse, por méritos propios, en uno de los líderes más excitantes de la literatura jazzística actual, y erigirse en uno de los monarcas indiscutibles de las blancas y las negras.
Por otro lado, el jazz de nuestros días tampoco podría entenderse sin el concurso de Charlie Haden, un contrabajista con medio siglo de música inteligente, audaz e intensa. Su historia comenzó al lado de uno de los patriarcas de la vanguardia, Ornette Coleman, luego ha hecho historia grande a través de formaciones monumentales como la Liberation Music Orchestra o el Quartet West y a través de colaboraciones con solistas mayores como Pat Metheny, Michael Brecker o Gonzalito Rubacalba. Su última vuelta de tuerca… crear a partir del cancionero americano con botas y sombrero de cowboy.
Por último, Jorge Rossy ha protagonizado también en estos últimos años una muestra inequívoca de apetito creativo. Saltó a las enciclopedias del jazz de la mano de Brad Mehdau, gracias a una colaboración fructífera que duró lo que le duró la alegría de los parches y los tambores. Hace unos años se sintió fascinado por el piano, un instrumento que parecía plantearle más dudas que la batería, donde ya había firmado unas cuantas certezas. Y por eso su decisión, aunque dolorosa, se entendió: en el jazz, como en la vida, la verdad reside en la duda. Afortunadamente, estos cuatro gigantes que ahora nos visitan siguen dudando.
Pablo Sanz
El Mundo/Scherzo
15de Julio, miércoles | 21:00 | Polideportivo de Mendizorrotza | 30 €
Cualquiera que haya seguido el Festival de Jazz de Vitoria con una cierta regularidad (tendríamos que encontrar un nombre con el que definirnos los trekkies del jazz vitoriano) tiene alguna anécdota que explicar sobre Pat Metheny, seguro.
¿Quien no recuerda a aquel jovencito de melena alborotada y camiseta de rayas (la melena siempre alborotada y la camiseta siempre a rayas) haciendo jogging por la Senda? O repartiendo sonrisas a diestro y siniestro, aguantando la puerta del ascensor para esperarte o declinando la invitación al coche (en Vitoria no son limusinas pero es mucho mejor así) que le iba a subir a Mendizorrtoza para hacer el trayecto a pie (posiblemente corriendo).
Pat Metheny siempre ha sido la cara más alegre y simpática, cercana, de una música en la que habitualmente hay demasiada distancia entre el artista y su público, ellos con mayúscula y nosotros con minúscula.
Y ha sido así una vez tras otra, en cada una de sus visitas y, por suerte, a Pat Metheny le gusta pasarse por Vitoria, un amor correspondido. Y sucederá otra vez este año. En esta ocasión el guitarrista de Kansas viene para quedarse unos días en el festival y no serán sólo sonrisas lo que repartirá, la música está asegurada.
Pat Metheny compartirá escenario con su viejo colega Charlie Haden bajo el cielo de Missouri (esta vez bajo el cielo de Vitoria). Haden-Pat Metheny, Pat Metheny-Haden, uno de los dúos más sólidos, atractivos y gratificantes de las últimas décadas.
Eso sólo ya valdría un festival pero hay más. El guitarrista colaborará con alguno de nuestros jóvenes leones. Una ocasión única para que el Trifàsic de Libert Fortuny, Diego Amador y Javier Colina puedan medir sus armas (que ya son muchas) con una de las mejores espadas de la música contemporánea (llámale jazz si quieres).
Como a los jazztrekkies vitorianos nos gusta coleccionar anécdotas (es más barato que coleccionar sellos o botellas de vino centenarias) ahí va una más: cuando se le propuso a Meteheny que tocara con estos músicos lo primero que preguntó fue ¿ya querrán ellos tocar conmigo?
A lo dicho ¡qué pocos hay como él!
Y, encima, nadie toca la guitarra con su apabulle, de lo más suave a lo más cañero, de lo más sencillo al puro disparate sonoro, de la acústica a la electricidad, ... y atizando el recuerdo ¡hasta pajaritos pueden aparecer entre sus seis cuerdas!
Miquel Jurado
Diego es un ejemplo claro del instinto y del buen gusto gitanos. El piano flamenco siempre ha sido un territorio inexplorado, y desde hace años Diego vive entre la vanguardia y la retaguardia de este difícil instrumento. Su formación flamenca y gitana y su conocimiento amplio del cante le han dado una visión extraordinaria de la música andaluza que le ha permitido aplicar técnicas guitarrísticas (rasgueos, trémolos, arpegios, ...) a su primer instrumento. Y digo primero porque otra de las virtudes de este joven maestro es la multiintrumentación. Diego puede tocar el piano para acompañar al cante, la guitarra por soleá como un viejo de Triana, cantar por bujerías o por tangos, (o por lo que quiera), a máximo nivel, o hacerse una gira de bajista con Tomatito ... Por tocar le he visto hasta tocar una funda de guitarra en el escenario y hacerse así una gira con su hermano Raimundo Amador y Luis Salinas, entre otros. En fin que Diego es lo que los flamencos llaman “un monstruo”, porque además de todo cuando toca, “duele”...
Una primera figura del flamenco/jazz. Si tuviera que definirle con una palabra, sería sabiduría.
Javier Colina, probablemente el mejor músico de jazz que hemos tenido en este país en las últimas décadas. Javier es un hombre que literalmente vive la música. Es capaz de tocar prácticamente cualquier estilo, y todo bien. Al igual que Diego, ha aplicado algunas técnicas de la guitarra flamenca a su primer instrumento, el contrabajo, de manera inexplicablemente efectiva y bella. La primera vez que lo vi hizo un trémolo por soleá de una profundidad tremenda.
Durante años ha llevado a modo de regalos las mejores virtudes de una música a otra. El aire flamenco al jazz, la armonía brasileña a la copla, Cuba al flamenco y/o viceversa la música árabe ... Es maravilloso ver como Javier controla todos estos lenguajes musicales tan diferentes entre sí, como puede pasar de uno a otro con una naturalidad ejemplar, como puede grabar un disco con Bebo Valdés en el Village Vanguard, su disco en La Habana, después irse al desierto a tocar con los Gnauas, acompañar a Morente, al Cigala en “Lágrimas Negras”, tocar el acordeón por tientos con El Guadiana, ... A veces pienso que Colina no tiene fin, su conocimiento de la música es casi tan grande como su corazón, ese que pone en cada nota que da y que nos parte el alma en cada solo o en cada frase una y otra vez. Javier Colina es arte y emoción, es uno de los grandes.
Javier Limón
16de Julio, jueves | 21:00 | Polideportivo de Mendizorrotza | 25 €
Este cuarteto con dos italianos, un francés y un norteamericano tiene como líder a un romano que descubrió el jazz con el tono ácido del saxo alto de Art Pepper y quiso ser como él ... Ese fue el comienzo de su pasión por el jazz.
En 1992 Stefano actuó en el Festival de Jazz de Calvi. Allí convivió con músicos franceses por primera vez y le invitaron a actuar en París. Para Stefano fue como una revelación, cuando llegó allí sintió como si hubiera nacido en esa ciudad ...
En aquella época colaboró con Daniel Humair, Jenny-Clark, Jimmy Cobb, Walter Broker, Nat Adderley ... y Michel Petrucciani que lo contrato junto a Flavio Boltro para su sexteto.
Para su tercer álbum, Stefano se rodeó con cuatro músicos excepcionales: el pianista Jacky Terrasson, cuyo virtuosismo está en perfecta armonía con el saxofonista, Rosario Bonaccorso al contrabajo y Elvin Jones, el legendario batería de John Coltrane, que quedó impresionado con este joven artista y lo contrató para su gira mundial “Elvin Jones Jazz Machine”.
El trompetista turinés Fabrizio Bosso ha realizado giras con George Russell, Dave Liebman y el gran Steve Coleman. Su primer álbum como líder “Fast Flight” impresionó a los críticos de todo el mundo, y fue galardonado como el “Mejor Nuevo Talento”, elegido por votación de la revista Musica Jazz.
El parisino Baptiste Trotignon es uno de los pianistas más espectaculares, completos y seductores de la nueva generación. La revista Jazzman le concedió a su segundo álbum un “Choc del Año”, y la Academia de Jazz Francesa le otorgó en diciembre de 2001 el Premio Django Reinhardt que premia al músico de jazz francés del año.
Actuó tanto con su trío como en solitario en los escenarios de los festivales de Marciac, Montreal, Vienne, Niza, Montreux, Vancouver, ...
En octubre de 2003 ganó el Gran Premio de la Ciudad de París del Concurso Internacional Martial Solal y, unos meses más tarde, las Victoires de Jazz 2003 le nombraron “revelación francesa del año”.También ha tocado con Archie Shepp, Tom Harrell, Russell Malone, Brad Mehldau, Michel Portal, David Murray, ....
Y completa el cuarteto un tejano de Houston, el batería Eric Harland que ha tocado o grabado con muchos artistas relacionados con el movimiento M-Base como Greg Osby, Geri Allen, Jason Moran y Ravi Coltrane.
También ha acompañado en directo a estrellas del jazz como McCoy Tyner, Betty Carter, Dave Holland y Chales Lloyd, y es componente del San Francisco Jazz Collective.
En la 65ª edición de la Votación de los Lectores de la revista Down Beat, estaba en la breve lista de los mejores baterías junto a maestros como Roy Haynes y Elvin Jones.
Cuando tres genios virtuosos se juntan, hay bastantes probabilidades de que el resultado sea más que la mera suma de las partes. Así ha sucedido con tres gigantes del bajo eléctrico que, a raíz de una 'jam' a finales de 2007, decidieron poner en común sus talentos. El resultado suena como un trueno y, de hecho, se titula así, 'Thunder'. Está firmado por SMV, lo que significa Stantey (Clarke), Marcus (Miller) y Victor (Wooten). O, lo que es lo mismo, unos de los máximos responsables -entre otras cosas- de que el instrumento haya llegado hasta donde está hoy en día.
Pero, talentos aparte, el respeto y la admiración mutua son las claves para un proyecto tan inusual como interesante. Y esto último tiene que ver más con la musicalidad que con la espectacularidad y el dominio de las gruesas cuerdas de tonos graves, algo que también estará presente sobre el escenario de Mendizorroza en el XXXIII Festival de Jazz de Vitoria. Y, como es bien sabido, no es la primera vez que estos grandes del bajo visitan el ciclo musical: Clarke lo ha hecho con su banda, a dúo con Miroslav Vitous o con Rite of Strings, mientras que Miller ha presentado a su grupo en varias ocasiones o ha participado en la formación 'all stars' Legends y Wooten ha comparecido con los Flecktones. Ahora es el momento de experimentar en directo la química entre los tres.
Parte de ella se evidencia en la grabación común. Aunque no posee el calor de un concierto, sí supone una buena muestra de lo que pueden hacer estos SMV, en títulos como 'Maestros de las frecuencias graves' o 'Los tres hermanos' (así, en castellano), 'Moongoose Walk', 'Lil' Victa', 'Pendulum', 'Hillbillies On a Quiet Afternoon' o el mítico 'Tutu', con colaboradores que van desde George Duke o 'Patches' Stewart hasta Chick Corea.
Y es que después de la desaparición de Jaco Pastorius ellos -junto a otros, menos renombrados- han mantenido encendida la llama del bajo eléctrico. Stanley Clarke lanzó en los años setenta el 'slap' en el bajo eléctrico. En la década siguiente, Marcus Miller aportó ese reconocible estilo con un toque percusivo y brillante. Más tarde, Victor Wooten ha sorprendido al público con su dominio del lenguaje y las texturas específicas del instrumento.
En este tiempo, Clarke ha hecho de todo: desde jazz con Henderson, Getz o Silver hasta rock con Keith Richards y Ronnie Wood, pasando por jazz rock con Jeff Beck y por diferentes bandas sonoras de cine, como la rapera 'Boyz ’N’ the Hood'. El multiinstrumentista Miller, por su parte, ha producido a prácticamente todos sus ídolos del soul y el rhythm and blues, desde los Tempations a Aretha Franklin, desde Chaka Khan a Roberta Flack. Tampoco hay que olvidar su labor con Luther Vandross o Wayne Shorter. Y, por supuesto, su contribución a la última etapa de Miles Davis. Mike Stern, Chick Corea, Branford Marsalis, Dave Matthews, Bruce Hornsby, Prince o Gov’t Mule son algunos de los músicos con quienes ha tocado Victor Wooten, conocido por muchos como bajista al lado de Bela Fleck, pero con mucho más que decir. Será una lección magistral a tres voces. Un trueno en una tormenta de ideas.
Natxo Artundo
17de Julio, viernes | 21:00 | 50 Aniversario de Billie Holiday | Pol. de Mendizorrotza | 25 €
Sólo han pasado cuatro años desde que ella, con toda su sencillez, acudiera por primera vez al Festival de Jazz de Vitoria, en lo que fue, además, su debut en los escenarios estatales. Una noche en la que nos dejamos mecer por su calidez musical y personal (los que tuvimos la suerte de conocerla cara a cara), para después caer en la pequeña revolución del saltarín Jaime Cullum. La noche y el día, vamos. Parece que fue ayer, pero en realidad ha llovido lo suyo. Su espíritu sigue siendo el mismo. Sus cuerdas vocales también. Pero la artista ha madurado, ha lanzado dos discos más en este tiempo y se ha pateado grandes escenarios de medio mundo. Y regresa con un doble reto importante: primero, actuar en la noche dedicada a la gran Billie Holiday (con la que, por cierto, la han comparado en más de una ocasión); y, sobre todo, confirmarnos a todos los que aquella vez nos quedamos con ganas de más que teníamos razón, que es una chica especial cuya voz nos puede hacer disfrutar muchos años.
Bueno, en realidad, para describir a esta norteamericana medio parisina se suelen hacer referencias a nombres como los de Holiday, Lady Day, Bessie Smith y Maxime Sullivan, entre otras. Ella nunca ha rechazado estas comparaciones. Simplemente ha dicho, así lo escuchamos hace cuatro años en el hotel vitoriano donde se hospedaba, que no intenta parecerse a nadie, que no quiere ser heredera de nada, pero que sería tonta si no disfrutase y aprendiese de todo lo sus predecesoras han hecho y conseguido. “Es muy importante no olvidar lo que hicieron”. Eso fue tan cierto entonces como lo es ahora.
Pero Madeleine tiene camino propio. Es más, con su último disco (que apareció en marzo de este año) ha dado un paso más, siguiendo la estela de colaboración con el productor Larry Klein, con quien parece haber encontrado una estabilidad musical más que interesante. Y es que a la cantante y guitarrista se ha unido ahora la compositora de los once temas que forman ‘Bare Bones’, una delicia hecho disco que fue grabada casi en directo y que desde su aparición ha hecho que la critica de medio mundo se vuelva a rendir ante ella. La verdad es que esto es un tanto curioso, porque los medios siempre han tratado bastante bien a la intérprete, incluso con su primer álbum, ‘Dreamland’, un trabajo más que recomendable editado en 1996 que sin embargo el mercado rechazó y que supuso un silencio de casi ocho años por parte de Peyroux. Y es que siempre le ha costado un poco conectar con el respetable, algo injusto para su calidad.
Ahora parece que las cosas han cambiado. Ya lo hicieron incluso con su anterior CD, ‘Half the perfect world’. Y crítica y público disfrutan a la par. Mejor, porque Madeleine está en un momento dulce, probablemente el mejor de su carrera hasta ahora, y desaprovecharlo sería un grave error.
Carlos González
Diario de Noticias de Álava
"Es una de las cantantes más experimentadas que quedan, después de que las tres grandes hayan desaparecido. Dee Dee ha trabajado mucho en espectáculos en Broadway, ha cantado con big bands, con tríos,... ha hecho de todo". La frase me la dijo hace ya once años toda una leyenda del jazz, hoy ya desaparecida: el contrabajista Ray Brown, tras la grabación por parte de la vocalista del álbum 'Dear Ella'. Por supuesto, su opinión no sólo describía la capacidad artística y la profesionalidad de Bridgewater, sino que la relacionaba con el triunvirato mágico de las voces femeninas en el jazz: Ella Fitzgerald (que también fue pareja de Brown), Sarah Vaughan y, por supuesto, Billie Holiday. Precisamente, la cantante de Tennessee ha protagonizado un gran musical en torno a la figura de Lady Day -y titulado igual que el sobrenombre de Holiday-, fallecida hace medio siglo, y a la que el Festival de Jazz de Vitoria quiere homenajear en la fecha exacta de su defunción: el 17 de julio.
Pero, aún así, ¿por qué Dee Dee Bridgewater? Pues, entre otras muchas razones, porque acaba de grabar un álbum en torno al cancionero de Holiday, lo que supone que la artista está perfectamente identificada -hoy, aquí y ahora- con todos estos magníficos estándares jazzísticos, como 'Strange Fruit', 'All of Me', 'Stormy Weather' o 'Lady Sings the Blues'. Aunque todavía no tengo claro el repertorio exacto, sí sé que la voz de esta cantante hará vibrar al público en Vitoria. Y a las pruebas, a su larga y exitosa trayectoria, me remito.
Denese Garrett,l que recibió su apellido a raíz de su matrimonio con el trompetista Cecil Bridgewater en 1970, entró un año más tarde en la big band de Thad Jones y Mel Lewis. Más adelante, trabajó con Max Roach, Dizzy Gillespie, Sonny Rollins o Dexter Gordon, así como en el musical de Broadway 'The Witz', que le supuso un galardón de la categoría del Tony. A partir de mediados de los años 80, fijó su residencia en París, desde donde ha recorrido el mundo con su portentosas dotes vocales, que le permiten dominar como muy pocas una amplia variedad de técnicas, incluido el 'scat' .
Aparte de su exquisita discografía -reconocida con dos premios Grammy y con el francés Victoire de la Musique- y de su reconocimiento como cantante, su capacidad como intérprete le ha lleavdo a ser nominada para el premio Lawrence Oliver, otorgado por el teatro londinense West End. Pero Bridgewater no sólo actúa como artista, como demuestra su nombramiento en 1999 como Embajadora de Buena Voluntad de la FAO.
Natxo Artundo
18de Julio, sábado | 21:00 | Polideportivo de Mendizorrotza | 30 €
A primeros de año se ha echado a las espaldas 71 años, pero Allen Toussaint, representa como ningún otro el espíritu de supervivencia de los nativos de Nueva Orleans. Como músico, compositor, adaptador y productor discográfico, está relacionado con los mejores momentos del rhythm and blues, el soul y el pop, pero estamos hablando de jazz, y en Vitoria-Gasteiz se le espera para abrir el próximo 18 de Julio la última jornada de esta edición número 33 sentado solo al piano sobre el escenario de Mendizorroza, bien al contrario de la imponente lista de colaboradores con la que ha completado su última entrega en forma de disco, “The Bright Mississippi”, infaltable para seguir la carrera de un artista ilustre con cinco décadas de recorrido.
La elegancia de Allen Toussaint al piano está fuera de toda duda, con evidentes toques bluesy, puesta de manifiesto desde aquellos primeros años 60 en los que participó activamente. Su versatilidad es la característica más relevante de su personalidad musical, que nos permite relacionarle con los más notables músicos de cualquier estilo. Sin ir más lejos, hace tres temporadas se unía al británico Elvis Costello para conformar una aventura sonora como The River In Reverse, que recibió una nominación al Grammy como mejor álbum vocal de pop.
Y es que este veterano, que empezó a grabar instrumentales como Al Tousan, ha estado en los inicios de discográficas tan vigorosas como Minit, funda la suya propia y participó en el despertar del rhythm and blues de Nueva Orleans, uniendo sus nombre a los de Ernie K-Doe, Irma Thomas, Lee Dorsey o los hermanos Neville. Canciones de aquel periodo nos dejaron la curiosidad de su seudónimo, Naomi Neville, con el firmó muchas de ellas. Pero abriendo el abanico, hay que añadir nombres como los de Paul McCartney (participó en el álbum Venus And Mars de Wings), Labelle (mucho tuvo que ver con la extraordinaria popularidad de “Lady Marmalade”), The Band (los arreglos de metal para el Concierto de Año Nuevo de 1972, celebrado en la Academía de Música de Nueva York y editado como Rock Of Ages, son suyos), o Glenn Campbell (Toussaint firmó su No. 1 en las listas de country y pop "Southern Nights"). Mucho tiene que ver todo esto con que hace 11 años, pasó a ser miembro del Rock And Roll Hall Of Fame, teniendo a Robbie Robertson, líder de The Band, como presentador.
Pero ahora, en ese último álbum, The Bright Mississippi, el pianista ha vuelto a las canciones seminales, recuperando temas esenciales que nos reencuentran con Jerry Roll Morton, Sidney Bechet, extendiendo las alas para abrazar a Duke Ellington, Thelonious Monk y Django Reinhardt. Es una mirada al pasado para reinterpreta a los grandes del jazz y del blues. En esta visita a Vitoria-Gasteiz vamos a contar con un Allen Toussaint cercano, entrañable, casi desnudo, capaz de abarcar una generosa selección de lo más atractivo de su larga andadura. Un piano y una personalidad imponente. ¿Falta algo más?
Allen Toussaint tuvo que abandonar su casa de Nueva Orleans, devastada por el Huracán Katrina, y refugiarse en la ciudad de Nueva York, pero el regreso al hogar se evidencia. Sus raíces le obligan.
Manolo Fernández
Radio Nacional de España
Érase una vez... Así podría comenzar la bonita historia entre un músico excepcional, Wynton Marsalis, y Vitoria-Gasteiz, la elegante capital del País Vasco. También hay que decir que el festival de jazz, no ha escatimado esfuerzos en propiciar un idilio fértil cuyo fruto musical tiene por nombre “The Vitoria Suite”. Wynton Marsalis terminó de componer esta magnífica obra en 2006 para celebrar el 30 aniversario del Festival de Jazz de Vitoria.
El Festival prepara cada año la programación con vistas al futuro, lo que permite al público ir profundizando, a lo largo del tiempo, en el conocimiento de los artistas. El gran trompetista y líder se encuentra entre los fieles al festival desde 1987, con pequeños combos o en big bands. Debemos pues esta “Vitoria Suite” no sólo a la perseverancia de Iñaki, sino también a la creatividad del brillante líder de la Jazz at Lincoln Center Orchestra cuya estatua ya se pasea por el Parque de la Florida.
Nos acordamos que en 2006 en la primera interpretación de la Vitoria Suite, que tuvo lugar en el gran escenario de Mendizorrotza, el público se quedó con la boca abierta de admiración delante de una música intensa, una majestuosa interpretación del alma española por un músico de jazz, con sus movimientos “Jason y Jasone”, “Suave en la Noche”, “La decisión de Iñaki”, “Lamento vasco”, “Euskadi”, como tantos retratos, y un final deslumbrante en “Sanctified Blues” con los intercambios impetuosos de cinco clarinetes y dos baterías. A pesar de este éxito indiscutible e incluso de la propia confesión del músico, la Vitoria Suite necesitaba madurar con la orquesta. Wynton Marsalis está comprobado que trabajó también en la duración, en la estabilidad de la composición de su orquesta; la mayoría de los músicos de la big band estaban ya en ella en 2006. El líder afina, profundiza y amplía permanentemente un gran repertorio a semejanza de sus mayores Duke Ellington y Charles Mingus.
En abril de 2008, la “Vitoria Suite” recibió un entusiasta recibimiento en Nueva York Wynton Marsalis integró en su orquesta al pianista Chano Domínguez, que lleva años mezclando el jazz con sus raíces españolas. A su lado estaba El Piraña, el percusionista habitual del gran Paco de Lucía. Él aporta la ciencia rítmica de ese mundo que es el flamenco, en particular “las palmas” interpretadas en conjunto por la orquesta, una idea sin duda que surgió de la invitación que le hizo a Wynton Marsalis el gran guitarrista a subir al escenario de Vitoria en 2006.
En Nueva York, Wynton Marsalis también enriqueció el encuentro de dos universos musicales juntando en el escenario a un “tap dancer” y a un bailaor flamenco, una asociación de ideas no sin fundamento para un músico nacido en Nueva Orleans, antigua colonia española en la que no es raro toparse por las esquinas con “tap dancers” de todas las edades. Una de las raíces de esta historia reside sin duda en ese hilo invisible que une, a través de las edades y del océano, la música de España con la de Nueva Orleans.
Quedaba inmortalizar este logro y se llevará a cabo este mismo verano ya que la Suite se grabará en Vitoria y su apoteosis final tendrán lugar el 18 de julio con la interpretación de la obra en el escenario del Polideportivo de Mendizorrotza, como cierre de la 33 edición del Festival de Vitoria-Gasteiz.
Podría este ser también el final feliz de la historia, pero resulta que los dos cómplices, Wynton e Iñaki, han tenido la idea que esta obra sea el principal acontecimiento de la gran gira estival de Jazz at Lincoln Center Orchestra. Así, la Vitoria Suite estará en los carteles del Festivales de Montreal, Vienne, North Sea Jazz, Perugia, Marciac y Monterey, así como en la Sala Pleyel de París y en La Fenice de Venecia.
Además de una obra excepcional, el encuentro entre Vitoria y Wynton Marsalis toma de esta forma una dimensión planetaria, confiriendo una notoriedad de primer plano a la capital del País Vasco, fruto de un indiscutible éxito para un proyecto artístico de envergadura transatlántica, particularmente oportuno en el ambiente de acercamiento de los continentes europeo y americano.
La Vitoria Suite, dada a Vitoria por la Jazz at Lincoln Center Orchestra bajo la batuta de Wynton Marsalis, es un gran acontecimiento del verano de 2009 y no sólo del jazz.
Yves Sportis
Jazz Hot
La revista internacional del jazz desde 1935
¡75 años en 2010!
33 Festival de Jazz De Vitoria-Gasteiz
Del 12 al 18 de Julio de 2009
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Tel: 945 141 919 | Fax: 945 130 287
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