CASSANDRA WILSON
Marvin Sewell, guitarra
Jonathan Baptiste, teclados y piano;
Reginald Veal, contrabajo
Herlin Riley, batería;
Lekan Babalola, percusión
NUEVA YORK, BAÑADO POR EL MISSISSIPPI
Mírala: el más bello fruto nacido en Jackson, estado de Mississippi. Vestido estampado, botas vaqueras, rubia de peluquería, cascada de rizos, guitarra en ristre, bohemia radiante. Puede haberse formado artísticamente en Nueva York pero todavía huele a tierra roja húmeda, al Río Madre de la música estadounidense.
Cassandra Wilson (1955) se batió el cobre en las exploraciones del colectivo M-Base, grabando sabrosos discos de tanteo en JMT. Hasta que en los noventa ingresó en Blue Note Records y comenzó a desarrollar un proyecto triangulado por su herencia jazzística, su repertorio cantautoril y su imaginativa reinvención del mito sureño.
Urge forzarse a quitar la vista de su imagen de Madre Telúrica y centrarse en su materia invisible. Paladear ese Travelling Miles de 1998, donde invocaba al espíritu de Miles Davis ¡sin usar una trompeta! Cabe imaginar que el viejo ogro habría medio sonreído: igual que él destilaba la esencia de los standards, reducidos a alados instrumentales, ella se atrevió a poner versos a Blue in green o Run the voodoo down.
Antes de que los cerebros mercadotécnicos decidieran que procedía el jazzear canciones pop, por aquello del potencial comercial del crossover, ella construía un repertorio personal, donde Dylan alternaba con los Monkees y Robert Johnson se codeaba con Joni Mitchell. Sus discos saltan del pasado terrible de Strange fruit a la seductora fantasía de Tupelo honey, de la sensualidad de Jobim a la narrativa de Jimmy Webb.
Frente al escaso vuelo creativo de tanta princesa-del-jazz, Cassandra Wilson inventa confluencias y amasa texturas. Su música tiende hacia un presente orgánico, tapizado por percusiones imposibles, donde el funk suena acústico y los blues se construyen con la materia de los sueños. Según su disco de 1995, ella era la Nueva hija de la luna; luego, Cassandra miró hacia el Ombligo del sol. Ella sabe, ella quiere, ella puede.
Diego A. Manrique
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